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DURMIENDO COMO UN NÓMADA

Por Elsi Rider
Está cayendo el sol y conduzco mi moto por una gran carretera en mitad del desierto de Uzbekistán. A lo lejos, una antigua fortaleza de arena de la que apenas quedan montones, nos indica que en su día fue un lugar con riqueza. Quedan poco más de 60 kilómetros para Khiva -Jiva en castellano-, un oasis en la Ruta de la Seda.

Mi lugar para dormir esta noche es una ‘yurta’. La vivienda utilizada por los nómadas de las estepas de Asia central. Llego cansada, los kilómetros empiezan a pasar factura y unos colchones en el suelo serán mi lugar de descanso. Como vecinos tengo a unos franceses y unas chicas japonesas con las que comparto mesa para cenar algo.

No puedo resistirme a sentarme en el tronco que hay en la puerta de mi ‘yurta’, a pesar de la tormenta de arena que hubo y el viento que sopla con fuerza. Pero aquel cielo estrellado y esa luna llena que dejan ver las figuras oscuras de los camellos, son únicos. Envuelta en una manta, entre aquella paz sólo miro y admiro lo que la puesta de sol me había dejado ver unas pocas horas antes. Un color intenso que me recordó la luz de África. El desierto tiene unas puestas de sol únicas.

Mi ‘yurta’, ricamente decorada con telas, pero poco aislada, hace que me tenga que poner la ropa térmica para dormir dentro de mi saco. Escucho el sonido incesante de los camellos que están por todo el campamento. Es ese momento en el que, a pesar del cansancio, no quieres dormirte. Quieres sentir intensamente lo que se está registrando en tu disco duro. En tu memoria se queda para siempre el sonido, el olor, la arena. Las historias de los que por esa noche habitamos el campamento.

Caigo en un profundo sueño y a la mañana siguiente, madrugo mucho para ver salir el sol. Otra vez la maravillosa luz, esa luz clara y limpia que me deja ver la inmensidad de una estepa y la fortaleza al fondo.

Antes de desayunar, mi BMW Lusi y yo decidimos que tenemos que salir y disfrutar de este amanecer. El frescor de la mañana, el sonido de mi moto y el sol que ya alumbra con fuerza. Ese maravilloso momento que nadie debería perderse. Despertarse viendo el sol es una de las cosas que más me gustan. Nos está diciendo “¡Venga, que hay vida, sal a por ella!”.

Toca despedirse, y de alguna forma la señora que se ocupa de aquel lugar siente especial cariño por mí. No hay muchas mujeres viajando en moto solas por Uzbekistán. Viene, se despide y me sorprende con un abrazo y un puño alzado que dice “¡Adelante!”

Atrás, dejo las ‘yurtas’ en aquella carretera inmensa, pero con una luz inmensamente bonita que alumbra mi camino.

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