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CLUB BMW DE MOTOS BMW DE ESPAÑA: CRÓNICA DE UNA RUTA ANUNCIADA

Estaba yo en el garaje de casa sacando brillo a la moto y saboreando los buenos momentos vividos en la última ruta con mis amigos del Club, cuando pensé: “Tengo que devolver a esta gente parte de los buenos ratos que me han hecho vivir; tengo que pensar en una ruta que reúna todo lo que nos gusta a los moteros: curvas, paisajes, buenos alimentos ‐demasiados, a veces‐ y buena música, algunos también… ejem, ya sabéis… aunque esto último no sea frecuente, al menos no tanto como las navidades”.

Vivo en Valladolid, en el centro de la meseta, donde las carreteras son rectas y aburridas – dicen‐, pero cualquier provincia limítrofe tiene montaña, y la que más Ávila, esa será mi elección. Mayo es el mes ideal, un par de fines de semana después de nuestra gloriosa Nacional, hará buen tiempo y seguro que no llueve, ¡qué bien!, ¡qué ilusionado estoy!, por lo menos vendrán unas diez o doce motos, así que buscaré un hotelito, en el centro, para no tener que coger la moto después de la siesta, pero antes voy a colgar la ruta a ver quién pica…

¡Ozú!, ya hay cinco y otros tantos que pueden prometer y prometen venir, quince, veinte, treinta, hasta cuarenta llegué a ver en el listado. Bueno, bueno, parece que Ávila tiene tirón, la verdad es que me conozco todas sus carreteras como la palma de mi mano y estoy enamorado de ellas, pero conozco tantas rutas que no sé cuál elegir, así que consultaré con mi amigo Fernando, ese amigo animoso al que le “vendes la moto” con facilidad, o eso creo yo, porque igual es él quien me la “vende” a mí. En fin, que sea como fuere, el caso es que hasta le he convencido para hacerse del Club…

Decidido, el puerto de Mijares tiene que ser el puerto estrella de ésta mi primera ruta como road leader, será un buen estreno, no dejará indiferente a nadie, seguro. Ya sea por los paisajes típicos del berrocal, con sus ingentes formaciones graníticas, por sus contrastes de colores verdes y amarillos casi deslumbrantes, como por la grandiosidad de sus valles. ‐¡Qué bucólico me he vuelto, casi hasta poético!‐ Todo sea por honrar la ruta. Además, para llegar allí no nos queda más remedio que pasar por los dos puertos más divertidos que conozco: Navalmoral de Pinares y Villanueva de Ávila. Y para la vuelta, El Pico, Hoyocasero, Navalosa, Navatalgordo, Navarredondilla, ¡Uf! Casi nada, cuánta curva y cuánta diversión…

Faltan cinco meses para la cita y ‐más por previsión, que por impaciencia, aunque de ambas cosas rugen mis motores‐ entiendo que ya es hora de contactar con el hotel. He elegido el Palacio de los Velada –por historia y por pompa que no quede‐. Me coge el teléfono Teresa, no podía ser de otra manera tratándose de tierras abulenses, claro; ahora sé que es Santa, Santa sí, como la otra, la de los rezos y las levitaciones, ya sabéis aquello de: “Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero”. ¡Ay Dios!, cuánta paciencia y cuantos cambios tuvo que aguantar la pobre ‐la del hotel digo, no, la otra, la otra ya iba para Santa desde la cuna y estaba acostumbrada‐ hasta el día antes de nuestra visita; siempre con buen humor y simpatía, eso sí. Y cuando todo acabó y me despedí de ella –a educado y cortés no me gana nadie‐ pensé que de nosotros no querría ni el polvo de las sandalias, pero no fue así, dice que nos espera el año que viene y al otro. ¿Será únicamente por puro interés comercial?

En fin, que esto está chupado, que ya tengo hotel. Ahora contactaré con Santiago, el de las Cuevas del Águila, a ver qué opina de meter a cincuenta moteros en su cueva –y dejarlos después salir, claro‐ que sí, que sin problema, que cabemos todos, pues ya está. Ahora, un pintxo mejor que los de Joaquín no va a ser fácil, pero Antonio, el del bar y el quiosquillo de recuerdos de las Cuevas me dice que nos prepara lo que queramos “a lo abundante”. ¡Oye, defíneme abundante! Pues ya lo visteis y comisteis…, sobró lo que no está escrito.

Marzo de 2018, no para de llover y mi amigo Fernando, el de antes, me manda un mensaje con una foto: el agua se ha llevado parte de la carretera del puerto de Mijares. “¡Oh my God!” ‐me salió en inglés, es lo que tiene tener nivel medio alto hablado y escrito‐, y estará cerrado de forma indefinida.

No me lo creo –incrédulo de mí, como Santo Tomás‐. Llamo a la Junta, pero me lo confirman. ¡No puede ser! ¿Y no os va a dar tiempo de arreglarlo? Mira, que es que me voy con un grupo de moteros del Club de Motos BMW de España ‐a su lado, los Ángeles del Infierno son eso, meros ángeles, angelitos, sin sexo siquiera‐. Parece que el ruego coló y llegada la fecha de nuestro evento me confirman, que aunque el puerto estará cerrado, nosotros pasaremos –¡Siempre ha habido clases!-.

Bueno, hay que rematar la faena. Necesito alguna actividad para la noche, una banda de rock sinfónico en directo –por ejemplo‐ podría ser la guinda del pastel y, además, conozco una que se sale, Rosewood ‐ensoñación mítica de otro tiempo‐, pues nada, llamaré a Santa Teresa –la del Palacio de los Velada, no la otra, que ya descansa en paz‐ para que nos deje uno de los salones de baile de su hotel. Solucionado, esto de ser road leader está “chupao”. Viva el Rock&Road. ¡Viva la euforia!, aunque reconozco que me he de moderar un poco, tirar de freno; sí, creo que me estoy creciendo demasiado, se me va a pasar el ego de revoluciones. Tranquilo Alberto –me digo‐ y sigo curveando ideas.

De los menús no voy a hablar mucho, mantener las barrigas de los moteros –de los motores ya se encargan las gasolineras‐ es una prioridad y en esta ruta no voy a bajar el nivel. ¡De la cena de gala se van a acordar!: judiones, patatas revolconas, chuletón de avileña y tarta de yema. O bajan a bailar o la noche será larga… ¡y ruidosa!

Llegó el día, 32 motos, no estoy nada nervioso, por alguna extraña razón me siento como un socio más que va a disfrutar de la ruta. ¿Qué podría salir mal? He quedado con la cuadrilla burgalesa, también se apuntan los de Valladolid, los de Cantabria con sus K 1200 GT idénticas y unos cuantos amigos más para comer el viernes en la Granja de San Ildefonso, en Segovia. Veo caras nuevas, ¡qué bien, la familia crece!

Como comienzo de fiesta dirijo la comitiva hasta el hotel bajo la pertinaz lluvia –otro guiño poético, estoy que lo tiro‐, espero que mañana nos respete el tiempo, las previsiones son buenas.

El hotel está tomado por el Club, el claustro está repleto de caras familiares con amplia sonrisa. Yo sigo tan tranquilo. Saludo a todo el mundo y nos vamos a la plaza de la Catedral; se ha quedado una tarde estupenda que augura una buena ruta. Juntamos las mesas de una terraza y van cayendo –una a una‐ las primeras cervecitas. Primera foto de grupo, incompleto claro, pues falta un montón de gente que se ha dispersado por la bella ciudad de Ávila, para eso estamos instalados en pleno casco histórico.

La cena discurre tranquila, en el ambiente se puede respirar las ganas de marcha, el hotel nos ha preparado un estupendo comedor para nosotros solos y el menú es ligero, la gente tiene que dormir bien.

Me dirijo a los presentes para comunicarles que salimos a las 9:00 h, prefiero ir holgado por si surge algún imprevisto, llevamos a nuestro novato preferido, Paquito, y no le vamos a dejar tirado, faltaría más.

A las 7:30 h suena el despertador, no sé dónde estoy ni entiendo por qué suena el despertador un sábado tan temprano. ¡Ah, sí!, los puertos de Ávila I, soy el road leader, vamos ‘pa´rriba’, duchita rápida y a desayunar; ya están todos abajo y con ganas de curvas y paisajes, 4.350 CV ya rugen en la calle.

Ávila es una ciudad pequeña muy cercana a la montaña, por lo que no tuvimos que circular mucho para empezar a disfrutar del primer puerto de la mañana, el de Navalmoral de Pinares, 38 kilómetros de un trazado vertiginoso de curvas enlazadas y asfalto impecable. La AV‐900 nos ha hecho entrar en calor, así que esperaremos a nuestro Paquito que llega a los pocos minutos visiblemente emocionado y con una sonrisa de oreja a oreja. Me dice, “la subida bien, pero bajando aún paso un poco de miedo en las curvas”. ¿A quién no le ha pasado?

Siguiente puerto: el de Villanueva de Ávila, para llegar a él nos terminamos la AV‐900 hasta Burgohondo y tomamos la AV‐901. Sigue la diversión, curva va y curva viene, casi me olvido de que llevo a la cuadrilla detrás, aquí no paro, no hace falta, no tiene pérdida solo tenemos que saltarnos el cartel de carretera cortada (para los demás, no para nosotros, ¡je, je!) y enfilamos dirección a Mijares. Me ha dicho una gitana que si traspasamos la barrera entraremos en un mundo alucinante, una carretera que hoy, y sólo hoy, estará abierta en exclusiva para el Club de Motos BMW de España, y así fue.

¡Qué impresionante es este puerto, no sé si me gusta más de subida o de bajada, qué enormes valles, qué vistas, qué colores! Coronamos y hacemos una parada para nuestra segunda foto de grupo; ahora sí que estamos todos.

Bueno, falta el fotógrafo, José Carlos, aquí está, siempre detrás de su cámara, si no fuera por él…

Como observo que ya tienen todos el casco puesto, arrancamos y empezamos el descenso hasta Mijares, el valle de bajada es aún más impresionante que el de subida, aunque hoy haya algo de niebla.

Nos terminamos la AV‐901 y nos acercamos a las Cuevas del Águila en Ramacastañas, en un momento de lucidez, recuerdo que algún socio me dijo que le quedaba gasolina para unos 120 km y llevamos 110, ¡uf!, debe ir acongojado –o como se diga eso‐ en su K, así que, en cuanto puedo, paramos en una gasolinera, en ella aprendí que las Adventure también funcionan con diésel, ¿ah, no? Pues te toca chupar del tubito –con perdón‐ ‘¡slurpppp!’, chupito de gasóleo y ahora sí, gasolina de la buena.

Seguimos, que tenemos contratado un pinchito abundante y una visita la mar de interesante (valga el pareado).

De vuelta a Ávila, 120 km de puro placer por el puerto del Pico, La Venta del Obispo, Navalosa, Navatalgorda y Navalmoral para hacer hambre, comeremos en el Restaurante de la Hermita de Sonsoles, local con espíritu motero donde llenaremos nuestros depósitos hasta el límite. Es lo que tiene ser motero. ¿Os apetece un café? Pues vamos hasta el Palacio de Congresos…

Y ahora al hotel, a descansar, que por la noche tenemos cena de gala y fiesta hasta altas horas de la madrugada.

Y llega la hora de la cena, a las 9:30 h ya están todos –y todas, como se estila decir ahora‐ requeteguapos, preparados para la cena de gala con sorteo de una estupenda chaqueta de verano BMW. Ahí van las fotos de los comensales, alguno guapo, lo que se dice guapo no es, pero bueno, de todo ha de haber en la viña del señor… Y el sorteo de la chaqueta, mano “inocente” y…

He de decir –no sin cierto sonrojo, ya se sabe que a los postres…‐ que el afortunado ganador intentó lanzarme un pico, pero con un brusco giro de cuello y golpe de riñón le hice una cobra de libro, ¡vamos hombre! ¿Por quién me ha tomado?

Y ahora hay que bajar la cena moviendo la cadera, ya tenemos el salón preparado y los chicos de Rosewood con las guitarras bien afinadas, ¡doy fe! La noche es joven y nosotros más.

¡Qué bien me lo he pasado amigos! ¿Y esto es ser road leader? ¡Pues habrá que repetir! Muchas gracias a todos por venir

(Vaya, otro pareado que se me escapa así, sin más, y encima como colofón del relato. Me voy a tener que pensar lo de dedicarme en serio a la poesía, eso sí, sin abandonar la moto, claro está).

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