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ATRAVESAR EL MAR EN MOTO

Por Elsi Rider
Sentada frente al mar Cantábrico, en una pausa del día a día y un café entre mis manos, mi mente se va hacia aquel mar de Aral, conocido como mar “perdido”. Imagino cómo sería este mar que estoy viendo tras la ventana de esta cafetería sin agua; imagino trazar una carretera en medio y que pudiese llegar a Inglaterra en moto. A veces las acciones del hombre superan cualquier idea por descabellada que sea.

Por ponernos en antecedentes, recordar que las famosas plantaciones de algodón de la antigua Unión Soviética, tuvieron la culpa de semejante desastre. Los dos ríos Amu Daria y Sir Daria que desembocaban en este mar, fueron desviados para regar estos cultivos y enriquecerse con el oro blanco’.

Quería verlo en primera persona, y en mi último viaje “Una moto en un mar perdido”, recorrí este mar desde la parte uzbeka y kazaja, para comprobar como la realidad supera a la ficción. Ni un buen guión sobre la desaparición de un mar hubiese mejorado la cruda realidad.

Cuando llegué al mar de Aral por la parte uzbeka y vi aquellos barcos, varados en la arena de un fondo marino secado por la acción del hombre, se me estremeció el cuerpo. Allí estaba, los había visto muchas veces en fotos, pero ahora estaban delante de mí. Me senté al lado de Lusi, mi BMW, y durante un largo rato imaginé como debería de ser entonces aquel próspero mar; imaginaba a los pescadores, con sus barcos llenos de peces que transportaban a las ahora abandonadas industrias conserveras. No hay nada más que fijarse en el ‘monolito’ a la entrada del pueblo, al más puro estilo soviético, donde vemos Moynaq y un pez, que simbolizada la riqueza del lugar.

Recuerdo que vino un niño para hablar conmigo y en cuanto me vio con la cámara, me dijo: “Fotos no, tourist no”, era lo único que sabía decir, pero lo suficiente como para hacerme ver que para ellos no es ningún atractivo turístico, era su medio de vida. Nosotros vamos, fotografiamos, unos sonriendo y otros observando perplejos aquello, pero nos vamos y son sus habitantes los que sobreviven con esa triste herencia.

Continué mi viaje, ahora tocaba verlo desde la parta kazaja. Una eterna carretera entre un desierto, hace que el viaje sea pesado. Era una interminable recta, llena de camellos y hierbajos, pero, de repente, ¡espera!, me digo… ¡Freno mi moto!, me bajo de ella, miro a mi alrededor, el silencio sólo roto por el viento que soplaba en aquel momento me llevó a la cruda realidad. “Estoy conduciendo mi moto por donde antes había, ¡peces, agua, mar!, estoy literalmente en el fondo marino”. ¡Terrible sensación! Estaba en medio de lo que venía buscando sin darme cuenta. Nada quedaba de aquello, tan sólo salares a ambos lados de la carretera y una especie de plantas que servían de alimento a los camellos.

Llego a la ciudad de Aral por un camino de tierra en muy mal estado. Una ciudad que fue próspera y rica en su momento y como buen ejemplo de ello, el mosaico que hay en la estación de tren y que representa como esta ciudad envió pescado a Moscú durante la Segunda Guerra Mundial, cuando sus habitantes no tenían que comer, recibiendo a cambio el regalo de ‘secar su mar’ para enriquecerse con el ‘oro blanco’.

Aral, es una ciudad desértica, no hay nada ni nadie. Del antiguo puerto queda una capa de sal, una grúa recuerda que hubo actividad en el sitio. Casi todo el mundo se ha ido, no hay riqueza, tan sólo fuertes tormentas de polvo y sal que arrastran esporas tóxicas de ántrax. Me enteré en el lugar de la existencia de unas islas en medio del mar de Aral, ‘Vozrozhdeniye y Gruinad’, abandonadas tras la caída del muro de Berlín y donde había almacenadas armas bacteriológicas.

Si el mar de Aral es el cementerio de barcos, a estas islas también las conocen como el cementerio del ántrax.

Doblemente golpeados por el pueblo ruso al que alimentaron. No puedo quitarme esta idea de la cabeza, ni a la gente enferma que hay en la zona con graves problemas respiratorios. Triste, muy triste esta historia, que incluye camellos desorientados en mitad de las calles.

Cerca de esta ciudad, en Kokaral, no muy lejos de Karateren, en Kazajistán, han construido una presa que intenté visitar, pero unos soldados aparecieron en el camino por el que iba y me negaron el paso, así que di media vuelta con la moto, haciéndome la pregunta del por qué. ¿Qué es lo que no se puede enseñar de una presa que publicitan en un enorme cartel en la ciudad?

Me voy de Aral con la sensación de que, a pesar de los esfuerzos de comunidades científicas por intentar recuperar parte de ese mar, el daño es irreparable. En mi retina y en alguna foto mal hecha por ‘robada’, están las imágenes de las famosas plantaciones existentes de algodón, repletas de canales de agua. Con la imagen de la eterna carretera en el fondo marino, atravesada también por postes eléctricos.

Miraba en los retrovisores de mi moto cómo aquella ciudad se quedaba allí, apartada, contaminada y olvidada.

Ahora, mi café ya está frío y miro nuestro mar, el Cantábrico, con sus barcos, su playa, y me pregunto cómo sería esta ciudad sin su agua, esa que da tanta vida.

Mi moto, Lusi y yo, hemos sido testigos de una terrible historia ya casi olvidada, de unos tristes pueblos a los que ya nadie mira, ya no son bonitos. De la mala salud de las personas de la zona y hemos conocido la isla secreta del ántrax. Lo único que podemos hacer es recordarlo, para no olvidarlo. “El deber de no olvidar”.

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