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BUSCANDO ALMADRABAS CON LA BMW K 1600 B

Por Willy Sloe Gin
Apresuradamente como siempre emprendí lo que iba a ser esta nueva historia. Y como tantas veces, el tiempo disfrazado en lluvias y vientos volvieron a recordarme que es el viaje quien manda. Que uno es bien poca cosa cuando se tiene tanto por delante.

Así, las Serranías de Cádiz y Ronda se hicieron imposibles. Acariciadas las dos sierras por vientos de ‘fuerzas’ que nos hicieron amarrarnos al primer puerto. No fuera que el entusiasmo nos llevara a pique…

Setecientos kilómetros nos separan de Cádiz. Setecientos kilómetros perfectos para hacerlos con esta moto. Como siempre y ya metidos en temporales de antaño, tuve que decidir un plan alternativo. Sentado a la puerta de mi casa en Zahara, mirando la belleza misteriosa que tiene la mar y la de mi nueva compañera, (BMW K 1600 Bagger), comprendí que, llegados hasta acá, no iba a ser el Levante quien nos impidiera cumplir otro sueño más.

Como si esta moto tuviera personalidad e ideas propias, que así parece, se me ocurrió recorrer con ella las Almadrabas de mi tierra. Y dotada de alma, de lo que estoy convencido, me estuvo esperando hasta que decidiera a dónde tenía que llevarme.

Bagger

Algunos la llaman así por su parte trasera, otros por lo que es capaz de mover. No sé… Para mí lo indefinible son sus curvas. Las que dibujan horizontes que van desde su asiento bajo y que trepan hasta una proa preciosa.

Nuevamente protagonista en detrimento del piloto. La miran, la admiran, la acarician, la quieren sin conocerla. Sin saber que no cabe más nobleza escondida entre tanta técnica, tanta electrónica. Supongo que es esta complicidad, privilegio exclusivo de los que la disfrutamos.

1.600 cc, seis cilindros y caballos tranquilos e infinitos

Con una posición de conducción, que como en todo ella, roza la perfección. Y todo aderezado con mil posibilidades de configuración para que sea la Bagger tu compañera perfecta. Siempre noble, siempre esperándote para darte lo que le pidas, para acompañarte a donde quieras. Ha conseguido BMW rizar el rizo que supone el placer de poder conducir una moto.

De esta forma, cambiando los planes en función de los cien kilómetros por hora de los aires de el estrecho, decidimos los dos recorrer las Almadrabas de mi tierra, de las Costas de Cádiz.

Almadrabas auténticas, herederas de fenicios y romanos por mucho que les pese a algunos vecinos nuestros, almerienses y murcianos…

Envidia absurda, porque la autenticidad reposa en la confluencia de los mares que sólo Cádiz posee. Mares que se estrellan en el estrecho, del mismo modo que se encuentran en el Cabo de Buena Esperanza o en el más lejano de Hornos.

Pero es aquí donde se producen las migraciones de miles de atunes dos veces al año. Unos vienen ‘de derecho’, los que enormes van a deshovar al Mediterráneo dejado atrás el mar océano. Atunes de más de trescientos kilos y repletas de huevas las hembras.

Y después de deshoves y apareamientos vienen ‘de revés’, famélicos y agotados. Vuelven a su sitio natural, a la espera de un nuevo ciclo gobernado por cientos de lunas…

Y aquí les esperamos.

Que inventamos artes de pesca complicadísimos hace siglos y del mismo modo seguimos usándolos. Invento fenicio insultantemente perfecto.

Y aquellos que han heredado el manejo de artes, tiempos y costumbres ancestrales se pasman al ver la perfección y tranquilidad de mi compañera. Grande, bellísima, inmensa y paciente.

Me espera hasta que acabe de hablar de mares y atunes con marineros que arrastran sal y sueño desde hace tanto.

No me espera agazapada porque para ella sería imposible. Pero espera para que sigamos viviendo lo que empezamos hace tan poco.

Desde los años en que se concedió al Ducado de Medina Sidonia el privilegio de armar almadrabas de Levante a Poniente, miles de leyendas han salpicado estas costas. Todas ciertas, todas inventadas… Aquí estamos los dos a la espera de que nos caiga encima más magia.

Cuentan los pescadores de mi tierra que tras los atunes venían y vienen otros animales inmensos. Negros con la panza blanca.

En Zahara, con este lenguaje medio gitano, medio árabe, medio castellano, y prolífico en el ahorro de sílabas y palabras, los han llamado siempre Espartels.

Lo cierto es que son Espadartes. Orcas grandiosas con líneas perfectas.

Eso es la Bagger.

No un atún, sino el animal más bello del océano.

Fotos: Óscar Rominguera Salazar

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