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LA RUTA DEL MAR

Por Agustín Ostos
“Como en Chile te van a robar… toma, te regalo esta SIM internacional, para compensar”, me dijo la chica sentada a mi lado en el avión. Hay una especie de temor incrustado en los latinoamericanos de que en cualquier momento en cualquier lugar te robarán. Lo tienen tan adentro que a la mínima ocasión te meten un miedo insano en el cuerpo ‘por tu propio bien’ pero que ensucia la forma de mirar y provoca una desconfianza casi permanente, así que me decanto por pensar que la gente es buena e ir más relajado sin caer en la imprudencia.

Dicho esto, la muchacha me recomendó encarecidamente ir a Pichilemu y Punta de Lobos, una de las mecas del surf y la idea de pasar la Nochebuena y Fin de Año entre olas me sedujo inmediatamente. Escribí por Facebook a Conviento de Lobos,un ‘logde’ de ensueño que mezcla yoga, eco-surf y buena ‘vibra’, ofreciéndoles material audiovisual a cambio de hospedaje. Y fue una de las mejores decisiones que tomé hasta ahora.

Los dueños andaban de vacaciones y habían dejado todo a cargo de Chris y Ariel, una pareja londinense que me produjo una profunda impresión. Fue una de esas veces que miras a alguien a los ojos y sabes de inmediato que vais a ser amigos, amigos de verdad. Con apenas 20 primaveras ella y 24 él, estaban casados y rezumaban una madurez muy superior a la media atontada que suele abundar a esa edad. Ariel escogió educarse en la universidad de la vida, por lo que llevaba viajando desde los 17 por el mundo, hasta que conoció a Chris y decidieron hacerlo juntos. Me fascinó lo claro que tenían que la mayor felicidad se la brindaba el hecho de compartir sus horas pegaditos, viajar en bici y, algún día, cumplir el sueño de cultivar una huerta y vender mermelada y productos a los visitantes. Nada más.

Me encanta conocer personas que se salen por la tangente, lejos de aspiraciones profesionales, materiales y sistemáticas (que se nos enseña que debemos tener y que, personalmente, me costó quitarme de encima) y más cerca de aspiraciones humanas, de expansión de alma, corazón y espíritu. En mi opinión, no hay nada de malo en dedicar horas y horas a tu trabajo si realmente es lo que amas. La cuestión es por qué haces lo que haces: si es tan sólo por el fin de amasar dinero o si el propio desarrollo de la actividad conlleva realización propia e implica evolución en ti y los demás.

Con lágrimas en los ojos, nos despedimos y continué rumbo al sur por la Ruta del Mar con la sensación de dejar atrás un regalo a medio abrir. El camino era serpenteante y, sin esperármelo, el navegador me metió por pistas así que me quité las rarezas a base de subidas y bajadas de ripio. Conduje por pequeños pueblecitos costeros rebosantes de turistas nacionales que aprovechaban el verano navideño para remojarse la pelleja en las gélidas aguas del Pacífico. En los pequeños atascos que se formaban, la gente me miraba con cara divertida al descubrir el muñeco de Mortadelo que llevo atado a un bidón de gasolina y el peluche que me dieron en Movilnorte, en el otro. A día de hoy puedo asegurar que producen un efecto inmediato de simpatía y me hacen las aduanas más ligeritas, como si alguien que lleva muñecos fuera imposible que también portara fardos de cocaína.

De tanto ir con el mar a la derecha, me preguntaba cómo habría sido mi vida si me hubiera criado con él día a día. En mi pueblo tenemos un pantano con algunas truchas, pero surfear, surfear… no se puede. Entonces reflexiono sobre mis constantes cambios de ánimo. Paso del éxtasis contagioso al semblante serio en cuestión de minutos. ¿Cómo puede ser esto? ¿Seré bipolar? Decido no darle importancia y pensar que se debe a las circunstancias, al proceso de desapego y búsqueda del ‘nosémuybienqué’. Continúo el camino y un par de coches hacen adelantamientos ilegales y casi imposibles, quedando dos autos y yo alineados en la calzada al mismo tiempo. Les maldigo y al rato casi me como uno que no tenía luces de atrás y frenó súbitamente en una bajada. Por otro lado, descubro que las ‘pistas lentas’ de subida en montaña se acaban sin flecha ni previo aviso. Sustito tras sustito, llegué a Puyehue, localidad que se encontraba celebrando con júbilo la temporada estival.

“¿Cuánto vale este joyita?”, me preguntó un paisano dando vueltas alrededor de Supernova con mirada inquisitiva.

“No tiene precio, amigo”, contesté. Y es que una moto, más allá de su naturaleza de máquina, es depositaria de recuerdos, momentos e instantes que la convierten en un ser casi con vida propia y, precisamente por eso, no tiene precio.

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