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TURQUÍA, TAN CERCA Y TAN LEJOS

Por María Elsi
Tradición y modernidad, son para mí las primeras cosas que se me vienen a la cabeza hablando de este país. El famoso puente del Bósforo, el primero que unió Europa con Asia, nos permite adentrarnos en una cultura diferente. Si cogemos un barco desde Barcelona con destino a Italia y atravesamos ésta, menos de 800 kilómetros, cruzamos Grecia y bordeamos el mar Egeo, llegamos a Turquía. Enseguida te das cuenta de ese contraste, velo y burkas frente a melenas descubiertas y cortes de pelo de lo más puntero.

Dicen que el carácter del turco es de ‘mercader’ y ¡cómo no!, siendo parte de la ruta de la seda; pero, a parte de esto, mi impresión es que se trata de gente afable, eso sí, ellos un poco ‘Don Juán’. Recuerdo mi primer paseo por el famoso Gran Bazar de Estambul o como dicen allí Istanbul, donde tuve más de una proposición para tomar té viendo la puesta de sol. ¡Ah!, y como buenos vendedores, al final no sé cómo, pero terminé comprando una pashmina, que ni era mi intención, ni me hacía falta para nada, pero, he aquí el arte de comerciar que tienen los turcos.

Es un país dispar y un claro ejemplo es el tema del alcohol, una simple cerveza pueda estar prohibida en un local y en el de al lado beberte el barril al completo. He visto a las chicas más sugerentes, frente a otras con burkas y velos, que por aclarar esto, no son la misma cosa.

Recuerdo el primer año que recorrí el país con Lusi, mi BMW F 700 GS, donde no tuve ningún tipo de problema, pero dos motos se ven más, y este año, camino del Cáucaso, nos pararon. Resultó que, aunque los autobuses vayan como ‘cazas’, las motos no podemos pasar de 90 km/h en autovías, así que de souvenir nos trajimos dos multas, que hasta la fecha no han llegado, pero lo curioso del tema es que yo iba delante, circulando a 117 km/h, y la moto que venía detrás conmigo iba a 128 km /h, simpático ¿no?

Turquía es el paraíso del off-road, este último año, era simplemente atravesarlo para llegar a Georgia, pero la anterior vez, lo recorrí, y resultó ser el edén para conducir fuera del asfalto, un deleite para disfrutar de paisajes realmente bellos. En Pamukkale, que en turco significa ‘castillo de algodón’ pude gozar de las aguas termales y de uno de los lugares más bonitos, no sólo de este país, sino que me atrevería a decir del mundo. Allí están también las ruinas de Hierápolis, una antigua ciudad helenística, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1998.

Otro lugar excepcional fue Capadocia, uno de esos sitios que hay que experimentar. Sus caprichosas formas cónicas, pueblos subterráneos, sendas, castillos y casas excavadas en la propia roca, sus ‘chimeneas de las hadas’, la mayoría con forma fálica, sí, así es, ‘antojos de la naturaleza’. Con mi BMW, Lusi, rodé por pistas polvorientas, y subí a lo más alto, donde la recompensa fue ver toda aquella maravilla desde la cumbre, era una sensación de felicidad suprema, con todo ese lienzo delante de mí. No es de extrañar que fuese uno de los escenarios elegidos para grabar episodios de ‘La guerra de las galaxias’.

Miles de kilómetros por serpenteadas carreteras, tierra o asfalto, naturaleza como en Bolu. ¡Ah,Bolu!, precioso pueblo con casas peculiares y gente muy acogedora, donde unos estudiantes nos llevaron a un local, digamos ‘clandestino’, para tomar cerveza.

Resultó, en definitiva, ser un país que mejoró mis expectativas y que recomiendo porque está relativamente cerca y alejado de lo cotidiano. A menos de 3.000 kilómetros, si vamos cogiendo ferris, tenemos Asia, toda una experiencia en moto, al alcance de cualquiera. Sólo hace falta romper barreras y derribar clichés.

Como decía Pablo Neruda: “Si no escalas la montaña jamás podrás disfrutar del paisaje”.

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