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CUANDO HABLAR SIN DECIR PALABRA FORMA PARTE DEL VIAJE

Por María Elsi
Cuando viajando te das cuenta de que puedes comunicarte sin decir una sola palabra, sin hablar el mismo idioma y tan sólo con unas miradas y unos gestos somos capaces de tener una conversación, en ese momento, es en ese precioso instante donde todo encaja en lo que forma parte de viajar, no sólo ir de aquí para allí, sino pararte, observar, convivir con esas gentes que se cruzan en tu camino.

Cuando emprendemos un viaje, tenemos un destino, pero lo que a la mayoría de nosotros nos atrae siempre es el camino, ese camino que te da la oportunidad de conocer formas de vida diferentes y gentes distintas. Aunque en muchas ocasiones me ha ocurrido, creo que en mis viajes hubo dos momentos inolvidables. En Irán, recuerdo que en mitad del desierto de Yazd apareció un anciano, de rostro enjuto y quemado por el sol, con una vieja camisa blanca y un pantalón gris atado por una cuerda; en su mano llevaba una especie de azada; yo estaba grabando un vídeo y pasaba con mi moto para inmortalizar aquel paisaje en mitad de la nada y una voz me hizo detenerme, era él, que hablaba conmigo a través de sus ojos. No conocía el inglés, sólo la gente joven de Irán lo conoce, hablaba farsi y señalaba a la moto y a mí. Entendí que me explicaba su vida en aquel remoto lugar, yo le contaba de dónde venía y a donde iba, a la India. La verdad, es que no se explicar con palabras aquel maravilloso momento en el que, sin hablar el mismo idioma, un anciano de unos 80 años y yo teníamos una conversación. Le pedí hacerle una foto y con un gesto distinguido, tiro su apero de labranza soltándolo de la mano lentamente y se abrochó la camisa. Estaba posando para mí. Cuando nos despedimos, cogió mis manos y las besó. Se supone que en este país el contacto entre hombres y mujeres no es así, pero por encima de esto, ese octogenario persa quería agradecer aquella charla en mitad del desierto.

Otra situación especial fue en Alaverdi (Armenia). En aquella ocasión viajaba acompañada por Berto, otro rider, que se fue a buscar bebida mientras yo me quedaba al lado de las motos. Apareció una señora con un bocadillo de queso que era para mí, decía que estaba muy delgada para llevar mi BMW y que tenía que comer. Lo mejor, es que me lo dijo en armenio, yo como pude la contesté que no comía queso y me trajo una fruta del puesto donde su familia vendía su cosecha. Me contó que era su trabajo y que llevaban allí muchos años vendiendo lo que cultivaban. Sin darme cuenta, estaba sentada al lado de ella, conversando entre nosotras, sin que nuestro idioma fuera el mismo.

En Grecia, en Turquía y a saber en cuantos países más me ocurrirá. Para mí no es un obstáculo, sino una forma de demostrar que cuando el ser humano quiere entenderse no hace falta más que la intención por ambas partes. Esto es algo maravilloso que compruebas, sientes y vives cuando viajas. Otra de las miles de razones para viajar, y si es en moto, como nuestro caso, mejor que mejor.

En mis maletas siempre llevo aquello que le dijo el sabio al viajero: “No te olvides que el viajero se vuelve sabio, cuando mantiene en su conciencia constantemente que es un viajero”.

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