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LA AUTÉNTICA AVENTURA

Por Eduard López Arcos
Había llegado al Lago Rosa un día antes de que lo hiciera la caravana del Africa Eco Race. Estaba alojado en un acogedor, y muy económico, bungalow del hotel Toolbi, justo delante del podio del AER.

En el Lago Rosa

Poco a poco se iban acercando más espectadores para esperar la llegada de los participantes. Stefano, el hermano de Paolo Caprioni, y Luana han viajado desde Italia para recibir a Paolo, que participa en la categoría de motos de más de 450cc. Los hermanos Caprioni son conocidos por fabricarse sus propias motos de carreras y suelen conseguir muy buenos resultados. Tenemos varios amigos en común. Nos conocimos hace unos años en Marruecos y desde entonces me gusta seguir sus peripecias. He podido compartir el ‘bivouac’ con mis amigos durante prácticamente toda la carrera y percatarme de todo el trabajo de equipo que han llevado a cabo.

Los participantes estaban al otro lado del lago, haciendo toda la vuelta para llegar finalmente al podio de llegada. Desde nuestra posición se oía el rugido de los motores, lo que hacía que la espera fuera todavía más excitante. La organización, las asistencias y la población local permanecían expectantes cerca del podio. Se respiraba un ambiente festivo y lleno de emoción.

Alessio Corradini, junto con el resto del equipo Rally Cool, encargados de tomar las mejores imágenes del Africa Eco Race, tenían sus ‘armas’ preparadas para capturar los innumerables momentos mágicos que se irían sucediendo durante la llegada de los pilotos. Cuando uno se imagina todo lo que habrán pasado los participantes, durante dos semanas, para llegar hasta el Lago Rosa, se le pone la piel de gallina.

Los pilotos van llegando. Empieza la fiesta de las carcajadas, las lágrimas, los abrazos, los besos, las miradas cómplices y los suspiros de paz. Aquí nadie se salva. Todos los presentes, protagonistas y espectadores, se emocionan. El Lago Rosa es especial, por su belleza, peculiaridad, por su gente, y también por toda la buena energía que se va acumulando, año tras año, de todos sus visitantes.

Un rally es una aventura

Seguramente, son innumerables los motivos que empujan a los apasionados del motor a participar en un rally como el Africa Eco Race, en el que hay que superar imprevistos y situaciones complejas, día tras día. El desierto no es un entorno fácil y cualquier error se magnifica. La buena predisposición de los pilotos y de todo el equipo es esencial para que toda la carrera resulte una experiencia completa. De entre todos esos motivos pienso que destacan dos: el reto deportivo y la aventura.

Enfrentarse a una prueba de este tipo es sin duda un gran desafío deportivo. Existen infinidad de parámetros a tener en cuenta como la buena forma física de los pilotos, la experiencia de los mecánicos, la logística y la confianza entre todos los miembros del equipo.

La categoría que me llama más la atención, y con la que me siento más identificado, es la Malles Moto. En esta categoría cada piloto es el único responsable del mantenimiento de su moto, y

también de gestionar su propia logística. El piloto de la Malles lo tiene complicado para echar las culpas de los errores a otro que no sea a él mismo. Tal y como lo percibo, en la Malles Moto cada piloto lucha por su supervivencia en el rally, y la importancia de la clasificación queda en un segundo plano.

La vida es La Aventura

Está en nuestro poder decidir cómo queremos vivir nuestra vida. Algunos necesitan las vitaminas que proporciona un rally para tener un subidón y sentirse bien. Para muchos los rallys son una forma de vida. Para otros, además, forman parte de su profesión. A otros tantos les parecerá una manera de encontrarse con la aventura, quizás porqué su vida ha caído en la monotonía y necesitan de vez en cuando una dosis de motivación para seguir con las responsabilidades.

Uno de los errores del ser humano es que a veces no se da cuenta de cuanto está desaprovechando las oportunidades de disfrutar con más plenitud de su vida. Si buscamos la aventura, por ejemplo, en una competición o un viaje, estamos llevando al lado invisible el resto de momentos que ocupan nuestra existencia. A veces las distracciones nos hacen olvidar qué somos. La vida es ‘La Aventura’, on mayúsculas. En la aventura de la vida todo cuenta y está en nuestras manos el poner todo nuestro empeño en conseguir lo que necesitamos para ser felices. La felicidad no se consigue sólo por llegar a meta, sino por cada bocanada de aire que hemos tomado para llegar, o no, al objetivo. Todo empieza con una idea, con una ilusión.

El movimiento crea energía y es el motor que hace que nos sucedan cosas interesantes. Si nos mantenemos en movimiento no hará falta que busquemos más aventura, pues la estaremos viviendo a cada latido de nuestro corazón.

La persecución en Mauritania

Al día siguiente de finalizar el AER retomé la marcha rumbo al Norte. Volvía a Galicia, mi punto de partida. El Lago Rosa, para mí, era una marca más en la ruta que me había trazado en el mapa, y formaba parte de una aventura que hasta ahora todavía continua. Lo que sucedió al subir no fue menos interesante que al bajar.

En Mauritania la gasolina escasea. Es bastante fácil encontrar gasoil, pero no gasolina. El Africa Eco Race había arrasado y prácticamente no había gasolina en el Sur del país.

A Tormenta, mi BMW F 800 GS, se le ha disparado el consumo hasta el doble. La calidad de la gasolina en Mauritania es realmente mala. Llevo un bidón de cuatro galones que me da cierta tranquilidad. Casi nunca tengo que hacer uso de él, pero en Mauritania me salvó de quedarme tirado.

Para estirar al máximo el combustible intentaba no pasar de 80 Km/h hasta llegar a la siguiente gasolinera. Por fin llegué a una, pero no tenían el líquido vital que Tormenta necesitaba. Compro unas galletas y el tendero me dice que va a llamar a alguien para que me traiga gasolina. Este tipo, no sé por qué, no me da ninguna confianza, por lo que le digo que no hace falta, que seguramente podré llegar a la próxima. El riesgo estaba en que podría ser que tampoco allí tuvieran gasolina.

Mientras me hidrataba y comía unas galletas, divisé lo que parecían dos motos que se acercaban. Iban cargados con maletas y bolsas. También llevaban, ambas motos, unos enormes depósitos que seguro les daban mucha autonomía.

Lo más sorprendente de este encuentro es que los dos motoristas eran una pareja de Alaska, que llevaban muchos meses de viaje. Estuvimos un buen rato charlando bajo la mirada del tendero y algún que otro sujeto que apareció durante la conversación. Estaba anocheciendo. El sol caía cansado y la luz se apagaba velozmente. Fue sido un placer compartir un rato con esta pareja, pero debo continuar mi camino. Ellos van en dirección opuesta, abriendo camino hacia Sudáfrica.

La noche me abraza. A cada kilómetro me voy obsesionando más con la cantidad de gasolina que queda en el depósito de Tormenta. Con la velocidad que llevo me entretengo mirando las rayitas del nivel de combustible, hasta que…

¿Iban a por mí?

En mi retrovisor veo el reflejo de las luces de un coche que se acerca a mí a gran velocidad. El coche me hace luces y se acerca por detrás. Se posiciona a mi lado para intentar llevarme hasta la cuneta. Por un momento pienso que quizás sea algún colega del tendero que quiere pasarme gasolina. Eso no estaría mal, pero no me parecía una forma muy amistosa de hacerme un favor. Era un coche viejo, pintado de color negro y con las lunas tintadas. Los cristales estaban subidos y en ningún momento pude ver a sus ocupantes. Acelero, el coche sigue a mi lado. Acelero más y empiezo a ganarle distancia. Un coche viene de frente por el otro carril. Mis ‘amigos’ hacen una maniobra brusca para no pegársela contra el otro coche. Los vuelvo a tener detrás mío. No me queda otra que abrir gas y encomendarme a Alá para que no me quede sin gasolina durante la persecución. Voy mirando por el espejo y ellos siguen allí, erre que erre. Van a fondo e intentan tirarme de nuevo a la cuneta. Le doy más gas y veo como desaparece otra rayita del cuadro de mandos de Tormenta. La carretera es una interminable recta y me incita a que abra el gas hasta el fondo. Las luces han desaparecido, el coche negro se ha quedado atrás. Le doy un poco de tregua al mango pero de nuevo aparecen las luces a lo lejos. ¡Más gas a fondo! El consumo de Tormenta se ha disparado y ya me preparo para ver como desaparece otra rayita. ¡Oh, no! ¡Sólo me queda una! Debo ganar más distancia, así que continúo yendo a velocidad absurda hasta que veo unas luces a un kilómetro. Era un control militar. ¡Uf! Me paro, les doy mi pasaporte y les comento lo que me ha sucedido. No le dan mucha importancia. Se limitan a decirme que hay controles cada cincuenta quilómetros y que es imposible que pase algo. Bueno, lo cierto es que ha sido emocionante y lo que realmente suponía un problema era la autonomía de la moto.

Los dos militares eran tipos muy simpáticos. Hacemos unas risas juntos y me ofrecen acampar al lado de su caseta. También me dan la opción de llamar a alguien de Nuakchott para que me traiga gasolina. Eso podría tardar unas tres horas o más. Le doy a Tormenta los casi cuatro litros que llevo en el RotoPax. Algo me dice que debo seguir, y decido continuar. He estado en el control unos cuarenta minutos y no ha aparecido ni un sólo coche que fuese en mi dirección. Me despido de los guardias con la esperanza de llegar a la gasolinera que está a unos veinte kilómetros.

Por fin llego a la gasolinera. Los surtidores tienen carburante y puedo repostar. El restaurante está abierto y hay gente. Me encuentro con una pareja de franceses. Son el dakariano Jean Brucy y su esposa. Ellos viven en Agadir. Jean ha participado en esta edición del AER con un buggie y su esposa le ha hecho la asistencia, además de trabajar en la organización. Los dos son unos cracks. Les he contado lo sucedido y me han dicho que no es buena idea andar solo de noche por Mauritania. Lo sé, pero a veces quizás hago demasiado caso a mi voz interior. Esa voz que siempre me dice: ¡Adelante!

Nos dejan dormir a los tres en la sala que hay al lado del restaurante. Desenfundo mi saco de dormir y me desconecto al instante.

Mañana, Tormenta y yo seguiremos rumbo al Norte. La aventura continuará hasta que el oxígeno deje de correr por las venas.

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