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EL VASCO DE GAMA (LISBOA)

Por Willy Sloe Gin
A las puertas de mi próximo viaje, que espero me lleve a la costa sur de Inglaterra, y que de nuevo será a bordo de una BMW, vuelvo a relatar alguna anécdota recorriendo las costas de Portugal para por fin llegar a Trafalgar y a mi tierra.

Como en las anteriores entregas, viaje hecho en la BMW R 1200 R refrigerada por aire y no como yo, que anduve miles de kilómetros bastante poco ventilado…

Ya la luz ha cambiado. Rumbo sureste, hacia Cádiz, vamos Francisca y yo con el ánimo ciertamente más vivo.

No es Lisboa el mejor lugar para gente aquejada de vértigo. Tampoco lo era Oporto y aquel Hotel Douro, que el diablo confunda por su altura y por su falta de extintores…

Aquel hotel no fue nada comparado con el que tuve que padecer en Lisboa. No recuerdo su nombre. Si recuerdo en cambio, sus cuatro estrellas, su precio arreglado y todas sus comodidades.

Desde la habitación se veía una plaza en la que bastante más abajo, una estatua inmensa representaba a Colón. Aquella mole de piedra, señalaba con un dedo a no se sabe dónde. Se veía al navegante muy pequeñito…

Algo tendrá que ver que me largaran una habitación en la duodécima planta, así que miré a Cristóbal lo justo.

Ando preocupado pensando que cuando marche de Lisboa, tendré que hacerlo cruzando el famoso puente que toma el nombre de otro navegante, éste seguro con bigotes. Vasco de Gama.

Ya me han advertido de las características aéreas del recorrido. Diecisiete para dieciocho kilómetros de largo, seis carriles por banda, (del viento y cañones no pienso hablar), una curva inmensa y pronunciada a derechas y una luz máxima de más o menos 170 metros. ¡Que sí! 170 metros sobre la desembocadura del Tajo.

Dieciocho meses tardaron en construir el puentecillo, más que nada para que estuviera listo para la Exposición Universal de Lisboa en 1998. Estas prisas me aterran más si cabe. No consigo entender cómo en tan poco tiempo, han podido construir semejante cacharro.

Allá el mayo pasado, encargué que me alicataran parte de mi casa y pusieran un toldo en la azotea y todavía no han terminado. Va para seis meses la cosa… Así que aquí hay muchas cosas que no casan. Además, como los españoles, tampoco tienen nuestros vecinos fama de ser de lo más eficientes de Europa.

En fin, que armado de valor, me dispongo a abandonar Lisboa y sus alturas no sin antes tener que cruzar el citado puente.

Previamente he chequeado todo lo que me sé de estas motos gobernadas por la más compleja electrónica. ¡Sólo faltaría que se parara Francisca, que así se llama mi BMW, sobrevolando el Tajo…!

Además, estas autopistas voladoras, tienen la feísima costumbre de oscilar, retorcerse y emitir unos ruidos pavorosos. Como en mis tiempos estudié algo de física, sé que dichos gemidos son la consecuencia de tamaños retortijones. Dicho de otro modo, para que no casquen por el centro. Aun así, cuando estás encima, no hay consuelo que valga.

¡Qué cables de acero, qué juntas de dilatación ni qué niño muerto…!

A lo visto se quedaron los portugueses sin asfalto, porque el carril izquierdo discurre sobre una rejilla preciosa. A través de la citada rejilla se ve perfectamente el Tajo, casi doscientos metros más abajo. Quizá en coche importe poco, pero en moto se pasa francamente mal.

La vi, (la rejilla), al adelantar a un camión, de esos que llevan detrás un cartel que reza:

‘Camionazo longo’. Volví de inmediato a mi carril, el derecho, y a sesenta kilómetros por hora me propuse acabar con aquella pesadilla. Los infinitos pitidos, frenazos e insultos que me propinó el conductor del camión, me importaron bien poco.

Por fin salí del puente. Andaba yo extrañado al no haber agarrado aquella curva tan amplia y famosa. En cualquier caso, abandoné el puente crecido en mi orgullo y en mi espíritu aventurero, superados mis miedos absurdos a las alturas.

Lo que no me cuadraba era lo ligero que había recorrido esos 17 kilómetros infernales.

Fumándome un pitillo en el primer lugar que pude al otro lado del Tajo, me enteré de la realidad.

Salí de Lisboa por el Puente 25 de Abril o Puente Salazar, según quien lo nombre. Tiene unas características un tanto diferentes:

Longitud de dos kilómetros y medio, altura máxima sobre el río de 30 metros, dos carriles por sentido y además, no tiene una cochina curva.

Cada vez que vuelva a Lisboa, cruzaré por este puente.

Que el Vasco de Gama, a mí me importa bien poco…

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