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EL LAGO ROSA

Por Eduard López Arcos
Era la segunda vez que visitaría el mítico Lago Rosa, y esta vez lo haría para ver la llegada del rally Africa Eco Race. Recuerdo que durante mi primera visita al lago imaginaba cómo serían las sensaciones de los pilotos del Dakar al llegar aquí, después de dos semanas superando las adversidades de los desiertos de Marruecos y Mauritania.

Precisamente, cuando desperté en mi tienda de campaña, después de pasar la primera noche en el vivac del AER en Mauritania, lo primero que hice fue contemplar la inmensidad del desierto. Una tormenta de arena amenazaba el día y la etapa ese día. Los participantes harían un recorrido de tipo bucle, así que de nuevo regresarían al mismo campamento. Después de vivir cuatro años en el desierto del Sahara marroquí y convivir con las tormentas de arena, no me apetecía mucho pasar otro día masticando arena, si podía evitarlo.

Recogí los bártulos, arranqué mi BMW F 800 GS y me dirigí hacia la frontera con Senegal por Diama. La ruta se hace larga por el mal estado de la carretera y la cantidad de animales que la cruzan. Hay que andarse con mucho ojo, pues un simple despiste puede complicar mucho las cosas. Cuando llegué al paso fronterizo ya era de noche. Los policías mauritanos me invitaron a té. Luego me ofrecieron pasar la noche en una vieja jaima, justo antes de la barrera que limita el confín. Ésta es una de las fronteras más mugrientas por las que he pasado. Apestaba y con el calor los mosquitos estaban muy animados. Aunque me había puesto repelente y un saco de seda por encima, no podía dormir. El ruido provocado por el ejército de mosquitos era muy molesto y sus picotazos atravesaban la fina tela con la que me protegía. Al cabo de un par de horas de no pegar ojo, decido montar la tienda. No me hacía mucha gracia instalar mi casa en un lugar tan asqueroso, pero la mosquitera evitaría que continuara la masacre.

Salía el sol y tocaba levantarse antes de que llegaran los transeúntes. Recogí la tienda y, al lado, en la roñosa jaima, dos mujeres habían montado un chiringuito de comida en menos que canta un gallo. Me ofrecieron café, pan y tortilla. A todo dije que sí. Mientras me preparaban la ‘omelette’, conseguí el sello de salida del país, resolviendo el papeleo en la aduana.

La entrada en Senegal fue rápida y sencilla, a diferencia de la primera vez. El policía ‘sólo’ quería hacerle pagar al ‘guiri’ de la moto 20 euros, por la cara. Hace cinco años, en este mismo paso, recuerdo a varios extranjeros que esperaban desesperados que la policía senegalesa les devolviese sus pasaportes. A cambio les pedían cifras de dinero totalmente absurdas. La corrupción en esta frontera es, quizás, la más exagerada de África Occidental. A mí, entonces me pidieron cien euros. Ni esta vez ni la anterior pagué un solo céntimo. Hay muchos extranjeros que ven como algo normal esa clase de corruptelas y sueltan enseguida los euros para solucionar rápido el contratiempo. Pero, lo cierto es que quienes en parte están ayudando a que permanezca esa corrupción son los propios visitantes, al no negarse a pasar por el tubo e invertir más tiempo en salvar la situación de una forma más ética.

De St. Louis al Lago Rosa

Al cabo de unos kilómetros de pasar la frontera, llego a Saint Louis. Esta es una de aquellas ciudades que tienen sabor y una atmósfera especial. De día, los colores alegres pintan las jornadas pasadas en el desierto. De noche, la magia de sus calles, el mercado, las tiendas, los bares y la gente avivan el alma.

Después de pasar un par de noches disfrutando de la música local, de la comida sencilla pero rica, y de la gente, me dirijo al Lago Rosa. Me tomo el recorrido con mucha calma, parando para comer y beber algo, charlar con quien sea y hacer alguna que otra foto. Disfruto del entorno, aunque hay lugares que a uno le encogen el corazón cuando ve las cunetas forradas de escombros. La basura es, sin duda, uno de los mayores males que sufre nuestro planeta.

El Lago Rosa tiene algo especial que hace que se me acelere el corazón cuando lo veo. Es un lugar que emociona. Supongo que será porque está lleno de energía.

Tormenta está encantada de pisar la arena del Lago Rosa. Unos cuantos trabajadores están montando las vallas que delimitan el recinto de la llegada del Africa Eco Race. Veo también a algunas personas de la organización dirigiendo el montaje.

Hay un hotel justo delante del escenario que acogerá la llegada de esta aventura mítica. Parece bonito y me resulta familiar. Los espaciosos bungalows ofrecen una estancia cómoda y relajada. Creo que ya he estado antes aquí. En esta zona del lago hay varios hoteles de este tipo, pero resulta que he ido a parar al mismo sitio, y en el mismo día, que hace cinco años.

Me atiende una chica joven y guapa. Su padre es el dueño del negocio. El precio es muy económico, asequible para mi bolsillo, así que recojo la llave y desempaqueto a Tormenta.

El próximo mes te contaré como fue la llegada del Africa Eco Race al Lago Rosa. Fueron momentos de emoción compartida por pilotos, mecánicos, miembros de la organización y el magnífico público senegalés. Seguramente, esta aventura anual de llegar a Dakar tiene algo que ver con esa energía de la que hablaba.

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