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LA VIRTUD DEL VIAJERO

Por Gustavo Cuervo
Hace ya algunos años que en una entrevista me preguntaron cuál era la mejor cualidad del viajero, especialmente cuando el viaje tiene una parte importante de aventura. Lo cierto es que entonces no me quede con una sola. Constancia, paciencia, buen humor, capacidad de adaptación…

Muchas son las actitudes del viajero que pueden convertir el más complejo de los viajes en un viaje inolvidable. Actitudes cuya falta pueden convertir la ruta en un suplicio digno, aunque también difícil, de olvidar. Es curioso, pero con la experiencia vas cambiando alguno de los valores que hacen de tu viaje algo único. Por ejemplo, para una larga y compleja travesía off road se pensará que la principal virtud es tener un buen control de la moto en todas las situaciones. Claro que hace falta manejarse bien en conducción off road para disfrutar de forma segura, pero hay otras virtudes que superan al control técnico de la moto y que hacen gozar más el viaje.

Un motorista que pilota muy bien pero no tenga resistencia moral por ejemplo, acaba por agotarse en un viaje complejo, y lo que es peor, incluso contaminando su desagrado al resto de los participantes. Al contrario, un piloto no tan bueno técnicamente pero que siempre este de buen humor, especialmente en las situaciones más tensas, al final de la travesía siempre será considerado como ‘el rey del viaje’ por su forma de ser. Será más amigo de todos y todos serán sus amigos, aunque sean conscientes de que puede ser ‘un paquete’ conduciendo, lo compensa sobradamente al ser el mejor en cuanto te paras. En posteriores viajes siempre será el afable el elegido para viajar con ellos y no tanto el piloto técnico rápido.

Paciencia, conciencia y ciencia. Así me enseñó el orden de importancia mi viejo profesor, cuando de adolescente trabajaba en un laboratorio químico de investigación. Tanto en la ciencia como en el viaje las tres actitudes son perfectamente aplicables. Lo primero, la paciencia, para aguantar y observar. Sin saber lo que pasa no podrás dar un certero segundo paso, el de la conciencia, el razonamiento de la situación o el problema. Ser consciente de la situación y como puede afectar cada caso a la resolución del problema o a su incremento. Y por último, ciencia, conocimiento, capacidad técnica y logística para llevarlo a cabo con acierto.

Pues aun con todo, no son ninguna de éstas la mejor cualidad que puede tener un viajero en moto o un viajero en general. Hay algo muy superior a todo esto. Empatía. Las personas empáticas, aquellas que se ponen en el pellejo del aduanero cansado y aburrido que no te deja pasar, la del poli que está deseando acabar de ponerte la multa para irse a su casa, la del camarero en un restaurante que no da abasto, la del aburrido recepcionista, el niño, la mujer, el anciano… Situarse en el lugar de la persona a la que esporádicamente tienes un contacto, te ayudará mucho más que el resto de las virtudes. Con empatía y sus asociados la sonrisa y el buen humor, puedes hacer cosas que no conseguirás nunca, aunque tengas la mejor organización, el mayor de los presupuestos y la mejor de las técnicas. Quizás pienses que el dinero todo se puede, y no te falta razón en la mayoría de los casos, pero no en todos. Por mucho dinero que pongas para entrar en un lugar sagrado de quien sabe que religión, en ocasiones no lo consigues. Con dinero se compra casi todo, pero no todo.

Cuando te bajas de tu moto en un perdido rincón del planeta Tierra, ante el mismo templo, ante el mismo monje, un veterano que custodia sus creencias y para el que el dinero no vale nada. Cuando te diriges a él como lo que es, la persona más importante de ese lugar, con la sonrisa en tus labios, y la humildad en el corazón, él mismo será quien franquee la puerta y con sincera y esporádica amistad te explicará con detalle donde estás, que ves, que sientes… Todo esto y mucho mas se consigue sólo si eres una persona empática. La mejor virtud del viajero.

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