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CONSEJOS VUELTA AL MUNDO EN MOTO. LIDIANDO CON LA CORRUPCIÓN

Por Miquel Silvestre
El aventurero en moto tarde o temprano acabará lidiando con la corrupción policial. En Europa Occidental a nadie se le ocurriría ofrecer una mordida. Esto es exportable a Canadá y Estados Unidos. En el resto del mundo la cosa varía considerablemente incluso en países vecinos. Por ejemplo, en Argentina no sería raro que un agente la aceptara y sería inimaginable en Chile. Esto demuestra que la corrupción se puede combatir con medidas políticas decididas. Pero nos compete a nosotros arreglar el mundo sino viajar por él con los menores contratiempos posibles.

El primer consejo es saber si estamos en un país corrupto. Leeremos foros y libros de viaje sobre esas naciones. Cuando los agentes son corruptos lo son sobre todo con su propia población. Podemos encontrar en internet un motoclub nacional y preguntarles. Conviene enterarse de cuánto es la mordida estándar porque, aunque nos sorprenda, la corrupción tiene tarifas habituales. Al extranjero le querrán multiplicar esa cifra por diez. Puede ocurrir que dentro de un mismo país haya cuerpos policiales corruptos y otros honrados. Por ejemplo, Marruecos. En la policía local o la nacional hay agentes corruptos, pero es difícil que los haya en la Gendarmería Royal. Si nos detienen los de gris y les ofrecemos un regalo podemos meternos en un buen lío.

La segunda recomendación es mantener un perfil bajo. Cuanto menos te vean, menos te pararan. Nunca preguntéis a un policía. Los retenes suelen estar a la entrada y a la salida de las poblaciones. Pronto aprenderemos a detectarlos. En esas situaciones intentar mantenerse detrás de camiones u otros vehículos voluminosos.

Actúa con firmeza, pero respetuosamente, con simpatía pero sin ir de gracioso. Intenta la invocación al fútbol. Todo el mundo sigue la Liga Española. Coincidir con el policía en el amor por el Barcelona o el Madrid me ha librado de alguna multa. Mi guía de actuación es diferenciar si realmente he cometido una infracción, en cuyo caso pago después de un regateo, pero si soy inocente me planto, pongo las muñecas juntas como si me esposaran y digo “embassy”. Los corruptos son vagos y no quieren trabajar. Pero si realmente tienen razón y te pasas de la raya, pueden decidir aplicarte el reglamento, que es mucho más duro del que se usa en nuestras comprensivas sociedades.

También es muy útil tener el teléfono de un contacto en el país, alguien que conozcas de Facebook, por ejemplo, y que les explique en su idioma que es tu amigo.

Anécdota

Yo distingo dos tipos de corrupción. La que te perjudica con estas extorsiones, y la que te beneficia y permite facilitar trámites que difícilmente podrías cumplir. En mi viaje transafricano de ‘Un millón de piedras’ llegué a la frontera de Zimbabue. El país estaba en plena crisis financiera con la devaluación imparable de su moneda. Los funcionarios podían llevar meses sin cobrar sus salarios. No había simpatía ni voluntad de hacer las cosas fáciles al jodido extranjero blanco. Solicité un permiso temporal de importación para la moto. El oficial de policía responsable me atendió en un cuarto cerrado. Estábamos solos. Explicó que mis documentos no servían allí, que su país no lo reconocía, que yo debía ofrecerle un título oficial que demostrase mi propiedad ya que la moto podía ser robada.

No tenía el título porque había comprado la BMW R80 GS en Kenia. No podía registrarla pues no tenía allí mi residencia. Había pagado el precio y salido sin más rumbo a la aventura. Viajábamos sin documentos. Y eso era una grave falta en uno de los continentes más formalistas y burocráticos.

Le rogué que me dejara pasar, que era muy importante para mí llegar a Sudáfrica. El agente cambio de lado el palillo de dientes, me observó y masculló que dejarme pasar le resultaba muy difícil. ¿Difícil? ¿Había dicho difícil?

—Tal vez si usted me ayuda, yo pueda ayudarle a usted—sugerí.

El tipo me escrutó. Puede ver en la oscuridad la intensa blancura de sus dientes al sonreír. Él también la había cogido al vuelo.

—¿De cuánto es la ayuda de la que estamos hablando?

Yo también sonreí aliviado. Al final de lo que estábamos hablando era de 50 dólares norteamericanos, gracias a ellos pude seguir viaje rumbo hasta Ciudad del Cabo para completar mi gran aventura del ‘millón de piedras’.

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