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EL PORTILLO DE LUNADA

Por Sonia Barbosa
Es el puerto cántabro que más tiempo permanece cerrado en época invernal y, sin embargo, viendo estas fotografías de finales de enero más de uno lo pondría en duda. El transcurso de un invierno anómalo, incluso para la zona norte de la península, está permitiendo que los amantes de la motocicleta disfrutemos de lugares increíblemente transitables en esta temporada.

Nadie logra escapar al atractivo de este puerto pasiego y es fácil volver a incluirlo de nuevo en algunos de nuestros viajes por esta zona, pues su escarpada orografía, la cual dibuja curiosas formas en el paisaje, atrapa sutilmente a cualquier viajero que quiera rodar por su roto asfalto. Con él descubrí que el amor a primera vista existe después de ver unas imágenes suyas en la red. Estaba convencida de que era sólo cuestión de tiempo explorarlo y esa espera, ha terminado. Con mi BMW F 650 GS viajaremos por uno de los valles que constituyen una seña de identidad de la comunidad cántabra. Sin prisa, pero sin pausa, aquí comienza nuestra travesía.

Un soleado día de fines de enero pone fin a dos semanas seguidas con la península debajo del paraguas. Me considero una enamorada de los valles pasiegos y una visita a este impresionante puerto no podía faltar (teniendo en cuenta que Estacas de Trueba estaba cerrado y la vuelta no podría hacerla por ese lugar).

Lo primero que me encuentro es una glorieta en obras y unos obreros a los que recurro para informarme sobre la dirección que debo tomar. Muy amables y precisos en sus contestaciones, siguiéndolas encontré el rumbo correcto hacia San Roque de Riomiera, que junto con San Pedro del Romeral y Vega de Pas constituyen las conocidas como ‘Tres Villas Pasiegas’, donde, dicho sea de paso, se elaboran los típicos sobaos pasiegos que hacen perder la cabeza a más de uno, entre los cuales me incluyo. Además, en esta última población podremos visitar el museo Etnográfico.

Pueblos con nombre tan curiosos como ‘Mirones’, ‘Rubalcaba’ o ‘Las Vegas’ llaman mi atención y no está de más un alto en el camino en Liérganes, considerado como uno de los pueblos más bonitos de Cantabria. Observo varias caras extrañadas al salir del pueblo y parece que el sonido del escape de ‘Trailera’ espabila a cualquiera que pudiera quedarse aletargado.

Hacia San Roque la zona es sombría y húmeda y eso me permitirá disfrutar de los verdes prados pasiegos que en Lunada desaparecerán por completo, ofreciendo un aspecto totalmente diferente al que nos tiene acostumbrados. Las típicas cabañas de piedra salpican las campiñas dando lugar a un entorno paradisíaco del cual no apetece desprenderse. Hasta aquí una auténtica fusión de pueblos y tradiciones, todo ello fortalecido por el buen estado de las carreteras cántabras. Aunque con algunas excepciones y el Portillo de Lunada entre ellas. No es sólo un puerto es, además, vía de comunicación con Las Merindades burgalesas y, aun así, su firme está en muy malas condiciones. El ‘coloso cántabro’ le llaman y no podría ser de otra forma, aunque Estacas no tiene nada que envidiarle, os lo aseguro.

Próximo al cartel de inicio del ascenso, varios canes y gallinas atraviesan la carretera de lado a lado. El paraje está solitario y de repente suenan sirenas. Fugazmente pasa un vehículo de la Guardia Civíl y una ambulancia. Esto no me gusta nada. Algo no va bien. La furgoneta de reparto de pan para junto a mí y su conductor me comenta que un vehículo se ha precipitado por la ladera del puerto desde lo alto. Le agradezco la información aportada y me queda una sensación de mal cuerpo. No sé lo que me encontraré en el camino ni en qué estado. La verticalidad de sus paredes y la falta de protección pueden hacer que este siniestro resulte fatal. Parece ser que no es la primera vez que ha sucedido algo así.

Un señor anciano se sienta en un pequeño murete mientras no le quita ojo a su ganado. Otro, a lomos de su burro, me saluda y no pone objeción alguna en que le haga una fotografía. Lunada es un lugar único e incluso se ha creado un grupo en el que los amantes de este inolvidable rincón cuelgan sus visitas, llamado ‘amigos de Lunada’. Su aspecto minimalista le viene dado por una deforestación masiva de una fábrica de armas cercana a La Cavada. A esto se ha sumado el pastoreo y el uso indiscriminado del fuego. Su deteriorado asfalto pone a prueba las suspensiones de mi GS y la condición física de cualquiera. Como no podría ser de otra manera, la estabilidad y el confort apenas se ven alterados y ambas disfrutamos de rodar por espacios como éste.

Lo que venía deseando que no sucediera, al final ocurrió. Cuando llegué al lugar del siniestro, los técnicos de ambulancia sostenían una camilla en cuyo lecho se encontraba un señor de mediana edad. Yo no podía haber llegado en peor momento. El agente de la autoridad me da el alto mientras lo introducen en el vehículo. Mientras, aguardo de puntillas sobre mi moto intentando no perder el equilibrio. Por el espejo retrovisor de mi motocicleta veo que otro de los agentes se acerca y siento una mano sobre mi hombro.

-“¿Viaja usted sola?”, me preguntó.

-“Normalmente sí”, le respondí.

-“No debería hacerlo y menos por estos sitios y aún le queda un buen pedazo para llegar arriba”. Supongo que el carácter inhóspito del lugar le llevó a decir aquellas palabras, aunque si supiera los lugares por los que me he metido seguramente no diría lo mismo.

Sentía escalofríos al ver el coche suspendido en la ladera y pensando en la suerte que había tenido ese hombre por seguir vivo aún. Creo que por muchas horas que me pase en la carretera no voy a acostumbrarme a esto. Y sí, lo sé, son más normales de lo que a una le gustaría, pero muchas veces los descuidos, como en esta ocasión, se pagan muy caros y éste es un claro ejemplo de ello.

Prosigo mi viaje y en el mirador de Covalruyo, desde donde se obtiene una de las mejores perspectivas del sinuoso trazado de la carretera y unas vistas impresionantes a la Vega de Pas, conozco a Xavi, un ciclista que vino desde Bilbao, al cual ‘utilizo’ para no tener que sacar el trípode. Ambos estamos sorprendidos y es que hace dos se manas el puerto estaba cerrado y hoy, no sólo hace un día estupendo, sino que apenas hay nieve. Estamos en pleno mes de enero y parece casi un hecho inédito, pero cierto. Intercambiamos opiniones y risas y desde el momento en el que cruzamos palabra, ya pasa a formar parte de todas esas personas que engloban mis experiencias moteras. Historias que luego guardaré celosamente en mi memoria y escribiré, porque todas ellas son dignas de mención.

Continuamos cada uno por su lado y en lo alto algún nevero que parece agonizar con la claridad que le acosa para hacerlo desaparecer. Estamos en un valle glaciar en forma de U de proporciones pirenaicas o casi alpinas. La carretera es empinada (sobre todo el tramo final) y la verticalidad de sus paredes hacen que sean frecuentes las avalanchas.

Un viaje que terminará con una visita a los acantilados de Punta Ballota. Hacia allí me dirigí con la intención de disfrutar de las pistas que se extienden por esta zona. Una delicia para cualquier amante del off-road, desde luego. Ante la incesante mirada de tres obreros que en esos momentos se encontraban en el lugar, ‘Trailera’ disfruta de su territorio como nadie, un territorio trail. Desde este lugar, sentada junto a mi GS, pude disfrutar de uno de los atardeceres más espectaculares que recuerdo (aparte del que viví en el tunecino salar de Chott El Djerid, cuando a las 20:30 de la tarde comenzaba a esconderse un impresionante sol rojizo que de manera invasora se reflejaba en el lago salado). En el horizonte, la silueta recortada de algún barco y las primeras gotas de lluvia caían sobre mi rostro. Con el cuerpo lleno de energía, pese a la gran cantidad de kilómetros acumulados hasta el momento, en mi mente voy redactando el prólogo de mi siguiente relato. Aquél que llenará otro capítulo del libro de mis experiencias sobre mi BMW. En fin, como no podría ser de otra forma, el de mi vida.

Encontraréis más rutas en: http://blogs.elcomercio.es/explorando-paraiso-moto/

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